Recordé hace diez años, un cuento de Isaak Dinessen. “El mono”, un relato publicado en el libro “Siete cuentos góticos”, una mujer drástica le pregunta a un hombre débil: ¿qué es aquello que se compra caro, se ofrece por nada y con frecuencia se rechaza?¨. Y ella misma responde: “La experiencia. La experiencia de los viejos”.
Leí esto y miré, igual que una sombra, mis emociones más cerca de quienes pueden regalar una experiencia que de quien las rechaza.
Leído En inglés, el párrafo suena a cristal. Al oírlo sentí como si alguien murmurara en mis costillas: “eres vieja”. Ya te ha insultado la experiencia. La ofrecerías por nada, pero nadie la quiere. ¿Quién querría envejecer sin enojos? ¿Quién ir hasta la madrugada sin devastarse al anochecer? ¿Quién librar el dolor pero al tiempo las dichas, altas y breves, como una jirafa? ¿Quién perder los gallos de un hallazgo a cambio de un alba quieta? ¿Quién negar que el asombro lastima, que no es sólo cascada, luminaria, pez azul bajo el agua de la nada? ¿Quién escuchar: no luzcas las estrellas porque son alaridos? ¿Qué flojera de perros, de ballenas, de abejas después de la batalla? ¿La experiencia? Apreciamos los leones, las fogatas, la distancia. ¿Para qué la experiencia? Esta loza lenta que aconseja a quien no quiere oírla. Este recelo que hace alarde de sabio. Este no temblar, este delirio aburrido. Se rechaza. Con frecuencia, sin remedio. ¿Esta ceguera iluminada es la experiencia? Esta delgada nitidez, esta montaña pálida, este pasmo de siglos nos paga con su estirpe de animal, de monstruo, de hadas, de asombrosa lujuria. La experiencia. Qué dolor y qué alivio. ¿Qué más puede quererse que tanto se aborrezca? Este ángel, este diablo, esta paz de agua. Se regala. Esta luz de media noche no la quieren ni el aire ni los asnos. La experiencia, esta sonora fantasía de tantos, este silencio tibio: se regala. Este venado, este camello, esta madera quebradiza cuesta cara. Por eso, con frecuencia, se rechaza. No queremos ni verla, ni conocer su aroma, ni tocarla.